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5/7/13

Suscitar el espíritu sin circunscribirse a ninguna parte

En cualquier clase de acción, si surge el pensamiento de hacer algo, el espíritu se  circunscribe a ello. Por eso hay que suscitar el espíritu sin circunscribirse a ninguna parte. Si no surge un pensamiento, las manos no hacen nada. Pero cuando ellas hacen algo, el espíritu está allí circunscrito. Al hacer cualquier cosa, a la vez que se producen pensamientos, no hay que circunscribirse a ella. He ahí el espíritu en cada Vía. El espíritu que ata nace de este espíritu que se circunscribe y del mismo modo la trasmigración. Este espíritu que se circunscribe se convierte en el garrote de la vida-y muerte. A la vista de las flores y de los arces, surge el espíritu que los ve, pero no se circunscribe a ellos. Eso es lo esencial.

El reverendo Jien (1155-1225), de la escuela Tendai, compuso esta poesía:

Las flores se abren y embalsaman
A la puerta de las enramadas.
¡Dejémoslo, dejémoslo!
Pero yo las contemplaba,
¡Qué mundo tan deplorable!

Las flores embalsamaban sin conciencia, pero yo las contemplaba circunscribiéndome a ellas. Jien lamenta el que su espíritu se haya atado a las flores. Ya se tratase de ver o de oír, es menester no fijar el espíritu en un lugar. Ese es el punto más esencial.

La palabra “respetar” u “honrar” se ha tomado por un confuciano en el sentido de “mantener el espíritu en un solo punto y no aflojar”. Eso significa que se fija el espíritu en un lugar sin llevarle a otras partes. En el caso de vuestra esgrima, cuando desenvaináis el sable y atacáis a vuestro adversario, no soltéis vuestro espíritu hacia el atacado. Este es el punto importante. Sobre todo, cuando oís las palabras de vuestro señor, mantened el espíritu en el estado de “honrar” o de “respetar”. El budismo insiste también en la importancia del espíritu de honrar o de respetar. “Haced resonar el gong para expresar el respeto.” Después de haber hecho resonar tres veces el gong, el budista junta las manos, se inclina respetuosamente y pronuncia primero “el Buda”. “Espíritu de expresión del respeto”, “mantener el espíritu en un solo lugar y no aflojar” y “con toda el alma sin perturbación”: estas tres expresiones tienen el mismo sentido.

No obstante, desde el punto de vista de la Verdad del Buda, este espíritu del “respeto” no es el nivel más alto. No es más que una verdad para el estudio y un ejercicio para novicios que intentan evitar la perturbación del espíritu fijándolo. Cuando se repite este ejercicio a lo largo de meses y de años, uno es libre de soltar el espíritu donde sea. Se puede llegar a este nivel, que se llama: “Sin mantenerse en ninguna parte” y es el más alto de todos los niveles. El espíritu de “respeto” consiste en atar el espíritu que puede irse a otras partes. Se suele pensar que si se suelta el espíritu, éste será perturbado, y se intenta no soltarlo, atarlo sin cesar, sin la menor negligencia. Este es el nivel de los novicios. Esto es bueno de manera provisional para no distraerse. Si se permanece siempre atado, no se es libre.

Por ejemplo, cazáis un gorrión y atáis el gato con un cordel para que no le ataque. Si permanecéis como ese gato, siempre atados en una situación inhabitual, carecéis de libertad y no podéis comportaros como quisierais. Educad más bien al gato y dejadle ir adonde sea, en lugar de atarlo con un cordel. Aunque se halle en la misma sala que un gorrión, ¡que no le entren tentaciones de cazarlo! Hay que educarlo hasta ese extremo, ése es el sentido de la frase: “Hay que suscitar el espíritu sin circunscribirse a ninguna parte.” Hay que liberar el espíritu abandonando las ataduras, como ese gato. El espíritu va donde quiera que sea, donde quiera, pero no se circunscribe adonde va, ése es el modo de tratar al espíritu.

Expliquemos esto mediante vuestra esgrima. No fijéis el espíritu en las manos que manejan el sable. Olvidadlas completamente y manejadlas de este modo. Atacad al adversario, pero no circunscribáis a ello el espíritu. Los demás están vacíos, yo también estoy vacío. Hay que comprender que las manos y el sable que atacan están vacíos. Pero no os atéis al vacío. El maestro del Zen Magaku (Magaku significa sin estudio) (1226-1286) de Kamakura fue detenido por soldados mongoles cuando aún estaba en china. A punto de ser decapitado compuso la estrofa siguiente:

No hay lugar en el universo donde enderezar la caña solitaria.
Me alegro del vacío de los hombres y también del vacío de los fenómenos.
Saludo el sable del soldado mongol del gran Yuan.
El sable rasga la brisa primaveral, ¡el tiempo de un relámpago!

El soldado mongol se fue abandonando el sable. He aquí el sentido de esta estrofa de Magaku: en el momento en que el mongol levanta el sable, éste brilla como el relámpago y, en ese instante, no hay ni pensamiento ni reflexión. El sable que va a herir no tiene pensamiento, el que va a herir no tiene pensamiento, yo (el monje) que voy a ser herido no tengo pensamiento. Quien hiere está vacío, el sable también está vacío y yo (el monje) que voy a ser herido, también estoy vacío. Por consiguiente, el que va a herir no es un hombre, el sable que va a herir no es un sable, yo (el monje) que voy a ser herido soy como la brisa primaveral. El sable va a rasgar la brisa primaveral en un relámpago de tiempo. Todo esto nos indica el espíritu que no se circunscribe a ninguna parte. El sable, al rasgar la brisa, ni siquiera lo percibirá.

Hay que hacer todas las cosas haciendo desaparecer totalmente los pensamientos. Esto pertenece al nivel del experto. Cuando se practica la danza, se toma un abanico en la mano y los pies siguen el ritmo. Si se piensa en hacer bien esos movimientos de pies y manos, o en danzar bien, en la medida en que no se pueden olvidar totalmente esos pensamientos, no se puede pretender poseer totalmente este arte. Si el espíritu está aún atado a los movimientos de las manos y de los pies, la danza aún no es perfecta. Todos los juegos hechos sin abandonar totalmente los pensamientos son malos.


Takuan: Misterios de la sabiduría inmóvil 

 
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