15/4/08

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Lie Zi – Tian Rui (El jade celeste)

Dice el Huang di shu: “Al actuar la forma, no surge otra forma, sino una sombra; al actuar el sonido, no surge otro sonido, sino un eco; al actuar el vacío, no surge el vacío, sino el ser.” La forma tiene necesariamente un final. ¿Tienen un final el cielo y la tierra? Igual que nosotros, todo tiene un final. ¿Un final definitivo? No lo sabemos. ¿El dao tiene un final? El dao por su esencia no tiene principio. ¿Dejará de existir? El dao por su esencia no tiene fin. Lo que tiene vida, retorna a la no-vida; lo que tiene forma retorna al estado sin forma. Pero esa no-vida no es la no vida esencial, ni ese estado sin forma es la no-forma esencial. Lo vivo, por ley, debe necesariamente tener un fin; lo que tiene un fin no puede dejar de tenerlo, al igual que lo que nace no puede dejar de nacer. De modo que caen en gran extravío quienes aspiran a perpetuar su vida e impedir su definitiva extinción.

El espíritu pertenece al cielo (tiene naturaleza celestial); huesos y carne (el cuerpo) pertenecen a la tierra (tienen naturaleza terrenal). Lo que pertenece al cielo es limpio y fluido, lo que pertenece a la tierra, sucio y compacto. Cuando el espíritu abandona la forma (el cuerpo), cada uno regresa a su ser propio. Por eso se los llama gui*. Gui, es decir, retornados, porque han retornado a su verdadera morada (a su origen). Dice el Emperador Amarillo:

El espíritu entra en su morada,
el cuerpo retorna a su raíz.
¿Qué puede ya quedar de mí?

*El ideograma gui (que las traducciones occidentales vierten como “espíritus”, “demonios”, “fantasmas”) designa los espíritus de los difuntos.



En Lie Zi (China, siglos V y IV a.C), El libro de la perfecta vacuidad (Tian Rui: el jade celeste, 6), Barcelona, Editorial Kairos, 2002